Trucos de prevención: condiciones de trabajo con sentido - 29 de Junio 2011 - Blog - HIGIENE Y SEGURIDAD LABORAL
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Trucos de prevención: condiciones de trabajo con sentido

Con la aparición, a inicios del siglo XX, de la organización científica del trabajo, los beneficios en los aumentos de productividad conseguidos han convivido siempre parejos con los riesgos de alienación de la personalidad del trabajador.

Es difícil imaginarnos hoy en día, procesos productivos que no conserven reminiscencias de la producción en cadena que iniciara Henry Ford hace ya más de un siglo. En los años 70, corrientes japonesas como eltoyotismo, buscaron nuevos estímulos en el fomento de la flexibilidad laboral, la rotación y el trabajo en equipo que han permanecido vigentes hasta nuestros días, en un afán por recomponer las tareas y superar los parcelamientos de las mismas para evitar que la jornada laboral se convirtiera en un mar de acciones sin sentido para el trabajador sobre las que poco o nada podía incidir.

Pero si bien es cierto, que en las organizaciones fabriles puede llegar a ser relativamente sencillo identificar la pérdida de sentido en el trabajo en cierta proporción al aumento de la división del mismo; no es menos cierto, que no es para nada evidente, que actividades profesionales que pueden ser extraordinariamente ricas en contenido y gratificantes para el trabajador pueden perder todo interés si desconocemos nuestras motivaciones irracionales. Dan Ariely, en su libro "Las ventajas del deseo” nos muestra maravillosos experimentos para enseñarnos de qué modo podemos afectar negativamente la motivación de los trabajadores si provocamos un vacío en el sentido de su tarea, lo que el autor ha bautizado con el término Sísifocomo tributo al mítico rey que fue castigado por su avaricia y malas artes.

Si quieres conocer con detalle su experimento sigue leyendo:

Unas pocas semanas después de mi conversación con David, me reuní con Emir Kamenica (un profesor de la Universidad de Chicago) y con Drazen Prelec (un profesor del MIT) en una cafetería cerca de la universidad. Tras valorar distintos temas de investigación, decidimos explorar los efectos de la devaluación y la motivación en el trabajo. Podíamos haber examinado el Sentido con S mayúscula (es decir, podríamos haber medido el valor que otorgan a sus trabajos las personas que investigan el tratamiento del cáncer, o que ayudan a los pobres, o que construyen puentes, y que se dedican a otras actividades provechosas para el mundo). Pero decidimos, tal vez porque los tres somos investigadores universitarios, realizar experimentos que nos permitieran examinar los efectos del sentido con s minúscula (efectos que, sospecho, son más comunes en la vida cotidiana y en el lugar de trabajo). Queríamos averiguar cómo los pequeños cambios en el trabajo de personas como Davis, ejecutivo de un banco, o Devra, editora, afectaban a sus ganas de trabajar. Y así se nos ocurrió una idea para un experimento que examinara las reacciones de las personas ante pequeñas disminuciones de sentido en tareas que no tenía mucho sentido iniciar a falta de ese sentido.

Un día de otoño en Boston, un chico alto, estudiante de ingeniería mecánica, llamado Joe se afilió al sindicato de estudiantes de la Universidad de Harvard. El joven era pura ambición y acné. En un abigarrado tablón de anuncios donde había tarjetas de conciertos, anuncios de conferencias, de actos políticos y reclamos para compartir habitación, su vista detectó un texto que decía: "¡Pagamos por construir Legos!”.

Como futuro ingeniero, a Joe siempre le había encantado construir cosas. Y dado su gusto por cualquier cosa que supusiera montaje, había jugado con Lego durante toda su infancia.

Cuando tenía seis años, se apropió del ordenador de su padre y, un año más tarde ya había desmontado el sistema estéreo de la sala de estar. Cuando tenía quince años, su afición por desmontar y volver a montar los objetos ya le había costado a la familia una pequeña fortuna. Por suerte, en el instituto encontró una salida a su pasión y a partir de entonces tuvo la oportunidad de construir Legos para su satisfacción (e incluso recibir dinero por ello).

Unos días más tarde, a la hora fijada, Joe se presentó para participar en nuestro experimento. Tuvo suerte y le tocó la condición con sentido del experimento. Sean, el asistente de investigación, recibió a Joe en cuanto entró en la habitación, lo invitó a sentarse en una silla y le explicó el procedimiento. Sean enseño a Joe un Lego Biónico – un robotito de combate- y entonces le explicó que su tarea consistía en construir ese modelo exacto de robot, hecho de cuarenta piezas que debían montarse de un modo preciso. Luego, Sean le explicó las reglas de pago. "Básicamente, el sistema consiste -le dijo- en que se paga en una escala decreciente por cada robot montado. Por el primero se pagan dos dólares. Al terminar el primero te preguntaré si quieres montar otro, pero esta vez por once céntimos menos, y así sucesivamente, de modo que por cada robot nuevo que montes se te pagan once céntimos menos, hasta que tú decides que ya no quieres seguir. En ese momento se te pagará la suma total correspondiente a todos los robots que hayas montado. No hay límite de tiempo, y puedes montar robots hasta que los beneficios que obtengas ya no cubran el costo.”

Joe asintió, ansioso por empezar. "Una última cosa -le advirtió Sea- Usamos los mismos robots para todos los participantes, de modo que en algún momento, antes de que el próximo participante aparezca, tendré que desmontar todos los robots que hayas hecho y devolver las piezas a sus cajas. ¿Alguna duda?”

Joe se apresuró a abrir la primera caja de piezas de plástico, examinó las instrucciones de montaje y empezó a construir su primer robot. Era evidente que disfrutaba montando las piezas y viendo aparecer la misteriosa forma de robot. Cuando terminó el primero, lo dispuso en posición d combate y pidió otro nuevo. Sean le recordó cuánto ganaría por el siguiente robot (1,89 dólares) y le dio la siguiente caja de piezas. Cuando Joe empezó a trabajar en el siguiente robot, Sean cogió el que Joe acaba de notar y lo colocó en una caja que había debajo del pupitre donde se dejaban los robots que había que desmontar para el próximo participante.

Como si participase en una misión, Joe siguió montando robots, uno tras otro, mientras Sean seguía almacenándolos en la caja debajo del pupitre. Cuando ya había montado diez robots, Sean le anunció que habían llegado al final y acumulado el total de 15,05 dólares. Antes de que Joe marchara, Sean le pidió que respondiera algunas preguntas sobre cuánto le gustaban los juegos de Lego en general y cuánto le había gustado aquel trabajo. Joe respondió que era un fan de los juegos de Lego, que le había encantado hacer aquel trabajo y que se lo recomendaría a sus amigos.

El siguiente participante de la lista resultó ser un joven llamado Chad, un estudiante de primer curso de medicina rebosante de energía (o quizá sólo de cafeína). A diferencia de Joe, a Chad le asignamos la condición que entre nosotros denominábamos de "Sísifo”. Ésa era la condición en la que queríamos centrarnos.

Sean le explicó las condiciones del trabajo exactamente en los mismos términos que a Joe. Chad agarró la caja, la abrió, sacó las instrucciones de montaje del robot y lo examinó cuidadosamente, planeando su estrategia. Primero separó las piezas en grupos, en el orden en que las iría necesitando. Después empezó a montar las piezas con gran agilidad, y con mucho entusiasmo. Cuando a los pocos minutos terminó de montar el primer robot, se lo entregó a Sean como estaba pactado. "Eso son dos dólares -le dijo Sean-. ¿Quieres montar otro por un dólar con ochenta y nueve?” Chad asintió con entusiasmo y empezó a montar el segundo robot, aplicando el mismo minucioso sistema.

Mientras Chad ordenaba las primeras piezas de su siguiente robot (preste atención porque en este punto es donde difieren las dos condiciones), Sean desmontó lentamente el primero y devolvió las piezas a la caja original.

-¿Por qué se lo lleva? -preguntó Chad con perplejidad y aflicción.

-Así es como funciona -le explicó Sean-. Tenemos que retirarlo si quieres montar otro robot.

Chad volvió a concentrarse en el robot que estaba montando, pero la energía y el entusiasmo del principio habían disminuido ostensiblemente. Cuando terminó el segundo hizo una pausa. ¿Montaría un tercero o no? Después de unos segundos, dijo que montaría otro.

Sean le pasó la primera caja (la del primer robot que había montado y Sean había desmontado), y Chad se puso manos a la obra. Esta vez trabajaba con un poco más de brío, pero ya no usó su minuciosa estrategia; esta vez ya no sentía necesidad de una estrategia, o tal vez le parecería que era innecesario tomarse tantas molestias.

Entretanto, Sean retiró tranquilamente el segundo robot que Chad acababa de montar y devolvió las piezas a su caja correspondiente. Cuando Chad terminó el tercer robot, le echó un vistazo y se lo alcanzó a Sean.

-Esto son cinco dólares con sesenta y siete -le dijo éste-. ¿Quieres montar otro?.

Chad miró el móvil para ver la hora y meditó un instante.

-Vale -respondió-, haré uno más.

Sean le pasó el segundo robot por segunda vez, y Chad se puso a notarlo de nuevo. (Todos los participantes de esta condición construían una y otra vez los dos mismos robots hasta que decidían abandonar.) Chad consiguió notar los dos robots dos veces, es decir, cuatro en total, y cobró 7,34 dólares.

Como ocurrió con todos los participantes, tras pagar a Chad, Sean le preguntó si le gustaban los juegos de Lego y si le había gustado el trabajo. "La verdad es que los juegos de Lego me gustan, pero el experimento no me chifla”, contestó Chad encogiéndose de hombros. metió el dinero en su billetera y abandonó a habitación a toda prisa.

¿Qué demostraban los resultados? Joe y el resto de participantes de la condición con sentido montaron un promedio de 10,6 robots y cobraron un promedio de 14,4 dólares. incluso tras alcanzar el punto en que la remuneración por cada robot era menos de 1 dólar (la mitad de la remuneración inicial), el 65 por ciento de los individuos en la condición con sentido seguían estando dispuestas a trabajar. En cambio, a los que les tocó la condición de Sísifo interrumpían el trabajo mucho antes. En este grupo el promedio de robots montados fue de 7,2 (el 68 por ciento del número montado por los participantes de la opción consentido) y ganaron una media de 11,25 dólares. Sólo el 20 por ciento de los participantes en la opción de Sísifo montaron robots cuando el pago estaba por debajo del dólar por pieza.

Además de comparar el número de robots que nuestros participantes montaban en cada una de las modalidades, queríamos comprobar si el gusto por montar juegos de Lego de los individuos influía en su perseverancia. En general, uno esperaría que cuanto más le gusten a un individuo los juegos de Lego, más robots montará. (Medimos esta relación mediante la dimensión de la correlación estadística entre los dos número.) Y, efectivamente, así fue. Pero resultó que la relación entre el gusto por los juegos de Lego y la persistencia en el montaje varaba mucho entre una modalidad y otra. En la modalidad con sentido la correlación era elevada, pero en la modalidad de Sísifo era prácticamente inexistente.

Lo que demostraba este análisis es que si se toma a personas a las que les gusta algo (a fin de cuentas, los estudiantes que participaron en la investigación se apuntaron a un experimento que consistía en montar juegos de Lego) y se les propone condiciones de trabajo que tengan sentido, el placer que obtienen de la actividad es un factor decisivo en la determinación del nivel de esfuerzo. En cambio, si consideramos a las mismas personas, con la misma pasión y el mismo deseo iniciales, y les proponemos condiciones de trabajo desprovistas de sentido, enseguida se aniquila el placer íntimo que podían obtener de la misma actividad.

Las ventajas del deseo, Dan Ariely

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